En la costa asturiana, a pocos metros del mar Cantábrico, se extiende un conjunto de casas vacías y calles silenciosas. Son los restos de lo que un día fue un ambicioso proyecto social: la Ciudad Sindical de Perlora, inaugurada en 1954 como la primera ciudad vacacional del régimen franquista. Su propósito era claro: ofrecer descanso y ocio a miles de familias trabajadoras cada verano. Hoy, sin embargo, es la ciudad abandonada más grande de España.
Un experimento social al servicio del régimen
Perlora nació como parte de una red de complejos impulsados por el régimen de Francisco Franco bajo el programa “Educación y Descanso”. El objetivo era recompensar a los trabajadores del sector público —especialmente mineros y siderúrgicos— con quince días de vacaciones en entornos costeros. Junto a las ciudades sindicales de Tarragona y Marbella, Perlora simbolizaba la cara amable del régimen: un espacio de recreo que buscaba, al mismo tiempo, fortalecer el vínculo ideológico con el franquismo.
La ciudad contaba con 274 viviendas de 35 tipologías distintas, distribuidas en 36 hectáreas. Cada quincena, más de dos mil familias llegaban para disfrutar del mar y de las instalaciones deportivas y recreativas. El proyecto se presentó como un logro social, aunque su inspiración no fue original: Franco imitó iniciativas similares impulsadas por los regímenes fascistas de Alemania e Italia.
El auge y la decadencia
Durante las décadas de 1950 y 1960, Perlora fue un símbolo del turismo popular y del ideal de familia trabajadora promovido por el franquismo. Sin embargo, su esplendor fue efímero. Con la muerte de Franco y el fin del régimen en 1975, las ciudades sindicales comenzaron a perder relevancia.
En 1982, el control del complejo pasó al Principado de Asturias, que continuó gestionándolo hasta 2006. A partir de entonces, la actividad vacacional cesó definitivamente y el conjunto quedó abandonado. Desde entonces, sus casas permanecen cerradas, muchas en ruinas, aunque el lugar se ha convertido en una curiosa atracción turística.
Entre la nostalgia y el abandono
Hoy, quienes caminan por sus calles pueden acceder libremente a algunas viviendas aún en pie. Los muros vacíos y los jardines cubiertos de maleza evocan un tiempo en el que las risas de los niños y el bullicio veraniego daban vida a la zona. La sensación es melancólica, incluso poética: entre el silencio y el deterioro, resulta fácil imaginar las historias que alguna vez habitaron aquellos espacios.
Pero no todo era idílico. En sus años de funcionamiento, los residuos del complejo se arrojaban directamente al mar, un recordatorio de las prácticas medioambientales de la época.
Un futuro incierto
En la actualidad, el futuro de Perlora sigue siendo motivo de debate. Existen proyectos para privatizar y rehabilitar la zona, aprovechando las casas que aún se mantienen en pie. Sin embargo, vecinos y asociaciones locales se oponen, argumentando que la privatización limitaría el acceso público a sus playas y espacios comunes.
El desacuerdo ha dejado el lugar en un limbo legal y físico: ni completamente muerto, ni verdaderamente vivo. Perlora se mantiene suspendida en el tiempo, como un testimonio silencioso de una época que buscó proyectar bienestar bajo un régimen autoritario.
Mientras tanto, entre ruinas y recuerdos, la ciudad fantasma continúa atrayendo a curiosos y viajeros que, encuentran en sus calles desiertas una mezcla extraña de belleza, historia y olvido.









