En la costa de Calpe, enfrente del Peñón de Ifach, apareció un edificio que parecía salido de otro mundo. Era 1971, y Ricardo Bofill acababa de levantar allí su primera gran utopía: Xanadú.
No era un bloque de apartamentos cualquiera. Eran solo 18, concebidos como residencias de verano. Cada uno armado como un rompecabezas de cubos: uno para vivir, otro para dormir, otro para los servicios. Y todos conectados por una columna de escaleras que latía como el corazón del edificio.
Bofill decía que se inspiraba en castillos. Pero aquí no había almenas ni fosos. Lo que levantó fue una geometría fragmentada, casi orgánica, que parecía dialogar con la roca inmensa que tenía enfrente. La fachada irregular jugaba con la luz del Mediterráneo, y desde dentro se abrían marcos inesperados hacia el horizonte azul.
Era modernidad con raíces. Los barandales curvos, las cubiertas hiperbólicas, recordaban la tradición vernácula, pero también tenían un propósito práctico: dejar pasar el viento, aliviar el calor, extender las vistas.
Lo más sorprendente: no había planos. Solo maquetas y diagramas. Las aperturas no seguían simetrías rígidas, sino la lógica del sol, del aire, de la privacidad. El resultado: espacios vivos, imperfectos, humanos.
En esos muros también latía otra influencia: el metabolismo japonés. La idea de construir ciudades como organismos, con módulos que se repiten, que giran, que se combinan. Bofill se reconocía como un “arquitecto nómada”. Había viajado por el Magreb, por el Sáhara, y traía consigo esa visión de lo experimental, lo utópico, lo desértico. Xanadú fue su primer laboratorio en Calpe. Un ensayo de futuro.
El conjunto se alzó sobre un acantilado frente al mar. Monumental. Pero pintado de verde, como si quisiera perderse entre la vegetación mediterránea. No imponerse al paisaje, sino confundirse con él.
Han pasado más de cincuenta años. Calpe ha cambiado, asfixiada por el turismo, por el hormigón que avanza sin pausa. Y sin embargo, Xanadú sigue allí. Inmóvil, resistente. Una pieza intacta de la arquitectura experimental de los setenta. Y, quizás, uno de los manifiestos más claros de Ricardo Bofill, ese arquitecto que siempre buscó la ciudad soñada, incluso en el borde de un acantilado.
Origen del Nombre
El nombre no fue casual. “Xanadú” evocaba la leyenda del palacio de verano de Kublai Kan: un lugar remoto, misterioso, cargado de riqueza y exotismo. Así, desde su origen, el edificio en Calpe se tiñó de un aura onírica, como si no perteneciera del todo a este mundo.