Cuando se piensa en monumentos históricos argentinos, la imagen suele repetirse: próceres solemnes montados a caballo dominando plazas centrales. Sin embargo, en el kilómetro 321 de la ruta 2, existe una excepción tan inesperada como fascinante.
La Estatua de la Libertad de General Pirán es una de las piezas más curiosas y menos conocidas del patrimonio bonaerense, una réplica de inspiración francesa que rompe con todos los esquemas tradicionales con 3 metros de altura, a los que se suma una base de unos 75 centímetros.
Historia y origen del monumento
La estatua fue inaugurada el 22 de mayo de 1910, como parte de las celebraciones por el Centenario de la Revolución de Mayo, en un contexto en el que muchas localidades buscaban dejar su huella simbólica dentro del relato nacional.
El monumento fue donado por Antonio María Pirán, hijo del general José María Pirán y fundador del pueblo. Según la tradición local, la iniciativa habría surgido por pedido de su esposa, Emilia Moutier, de origen francés, lo que explicaría la fuerte impronta europea de la obra.
Aunque no existe documentación definitiva sobre su taller de origen, los especialistas coinciden en que se trata de una fundición francesa de alta calidad.
A diferencia de otras estatuas de la Libertad en Argentina —como la de Barrancas de Belgrano, que conserva la firma de Bartholdi y el sello de Val d’Osne—, la de General Pirán no presenta marcas visibles, un detalle que ha alimentado durante décadas mitos locales sobre matrices originales y procedencias misteriosas. Sin embargo, sus proporciones y detalles la convierten en una réplica sorprendentemente fiel del modelo neoyorquino.
Un monumento pequeño, un misterio grande
Esta Lady Liberty de General Pirán no compite en tamaño ni en fama con la de Nueva York, pero sí en capacidad de sorprender. Su origen incierto, su calidad artística y su contexto histórico la convierten en una auténtica joya oculta de la provincia.
En medio de la pampa bonaerense, lejos de los circuitos turísticos tradicionales, esta figura de bronce sigue sosteniendo su antorcha como recordatorio de una época en la que incluso los pueblos más pequeños soñaban en grande… y miraban a Europa para construir su identidad.










