En una estrecha calle del casco histórico de Praga, un hombre cuelga de una barra a varios metros de altura. No es una emergencia: es arte. La escultura Hanging Man (1996), del escultor checo David Černý, representa a Sigmund Freud suspendido en el aire por una sola mano.
La obra no es una celebración de Freud, sino una reflexión sobre él. Černý lo consideraba ‘el rostro intelectual del siglo XX’ y eligió esa postura precaria para evocar el intento del pensador de asir los mecanismos de la mente, la fragilidad de la psicología y el posible aislamiento del intelectual moderno.
En Praga, los transeúntes ya no se inmutan. Pero los otros lugares donde se ha instalado, por ejemplo la Open Concert Gallery de Grand Rapids, Michigan instaló una réplica de la escultura sobre el techo de su edificio de siete pisos, la reacción fue inmediata: las llamadas de emergencia se dispararon. Ciudadanos alarmados reportaron un intento de suicidio; policías y bomberos acudieron al lugar antes de entender que se trataba de una obra de arte. Černý, fiel a su estilo, quedó encantado con el resultado.
La postura de Freud también dialoga con el propio pensamiento freudiano: el padre del psicoanálisis fue escéptico ante las ilusiones consoladoras que ofrecen los monumentos, pues tienden a fomentar la nostalgia y el olvido de lo real e inmediato. Hay algo irónico —y muy deliberado— en inmortalizar a ese mismo hombre en una estatua que subvierte todos los códigos de la estatuaria tradicional.
A diferencia de estatuas convencionales como el de Oscar Nemon (1971), que muestra a Freud sentado cerca de su última residencia en Hampstead, la figura de Černý no transmite serenidad ni autoridad. Transmite tensión, esfuerzo y una soledad intelectual que sigue siendo absolutamente contemporánea.








