Bajo este muro grafiteado aguarda un laberinto con miles de máscaras de gas y exactamente un metro cuadrado para que sobrevivas al fin del mundo.
Si caminas por el barrio de Žižkov en Praga, a tres minutos a pie desde la parada Olšanské náměstí, y miras hacia la zona situada bajo las escaleras que suben al parque Parukářka, te encontrarás con un muro pintado con aerosol que a simple vista pasa desapercibido, pero que esconde la entrada a uno de los mayores refugios antiatómicos de la capital checa.
Esta es la historia del Bunkr Bezovka
En 1950 comenzó la excavación de este complejo subterráneo bajo la colina de Santa Cruz, una obra que finalizó en 1955 como parte del sistema de defensa civil de la Checoslovaquia comunista. El recinto recibió el nombre de Bezovka por una antigua finca que existía en las cercanías.
Su propósito durante la Guerra Fría era proteger a la población ante un eventual ataque nuclear o químico de las potencias occidentales. El diseño original contemplaba albergar a 5.000 personas durante 72 horas para superar el impacto directo de la explosión; pasado ese tiempo, los ocupantes debían evacuar la ciudad destruida provistos de trajes protectores y máscaras antigás. Para garantizar la supervivencia inicial bajo tierra, la estructura se construyó con muros de entre 2 y 3 metros de espesor, cierres de presión de 4 toneladas en los accesos, sistemas de filtración de aire, generadores eléctricos y dos piscinas destinadas al almacenamiento de agua.
Tras el fin de la Guerra Fría, el recinto perdió su función militar prioritaria y atravesó diversos usos civiles. Durante la década de 1990, sus galerías sirvieron como depósito de bicicletas y pianos, y en etapas posteriores el espacio llegó a funcionar como club de música y muro de escalada.
Hoy en día, el Bunkr Bezovka sigue en pie y se mantiene oficialmente en modo operativo para casos de guerra o contaminación del aire, aunque su capacidad actual está calculada para 2.500 personas, asignando un metro cuadrado de espacio por individuo. Mientras una sección del búnker funciona como almacén de sacos de arena para los bomberos y protección civil, otra parte alberga un museo de la Guerra Fría, donde se exhiben dosímetros, armamento del Ejército Popular Checoslovaco y medidores de radiación idénticos a los utilizados en el accidente de Chernóbil. Es la contradicción de un refugio diseñado para el fin del mundo que terminó guardando pianos antes de exhibirse a sí mismo.










